Columna de opinión de Fernando Flores.
Las instituciones educativas cuidadosas de sus procesos formativos no puede consentir que los actos de confianza y compromiso a que ello le obliga se presenten envueltos en un ambiente de temor entre quienes están llamados a construir relaciones de sana convivencia.
La buena convivencia en la escuela es tan vital que sin ella no puede haber buena educación. Es por ello necesario manifestar, en primer lugar, un profundo respeto por cada estudiante y su participación en la enseñanza. En esta misma senda es necesario reforzar el respeto por el profesorado, directivos y demás integrantes de la comunidad educativa que tienen la tremenda responsabilidad en el funcionamiento diario de la Escuela.
Las familias que matriculan a sus hijos y las comunidades barriales en que están situados los establecimientos educacionales, y a las que pertenecen, también forman parte del tramado de interacciones sociales respetuosas que es indispensable para el buen trabajo escolar.
Todas estas son manifestaciones formativas basadas en el reconocimiento de que la educación es un valor principal y que se construye entre todos, al punto que si faltara alguno de esos protagonistas, el propio funcionamiento del establecimiento se haría imposible.
La valoración de la educación y el respeto por sus diversos estamentos en la escuela son la base de una buena convivencia escolar.
Esta convivencia escolar deseada no es lo mismo que el buen comportamiento o buena conducta de los estudiantes. Este último es la manifestación de la personalidad de cada niño y niña, así como de cada grupo de estudiantes, activada o manifestada según el tipo de convivencia que ha venido construyéndose entre los estamentos de la escuela.
Haciendo un símil podríamos decir que tal como el clima es el estado promedio que caracteriza a la atmósfera en un lugar determinado y el tiempo es la condición de la atmósfera en un momento y lugar, la convivencia escolar es la condición predominante que caracteriza a una escuela y eso impacta en la conducta de los estudiantes. Ella es, en gran medida, el resultado o la respuesta de estos al tipo de convivencia que allí predomina.
En el marco de la nueva legislación antiviolencia escolar que se ha impuesto impulsada por el actual gobierno, el proyecto de ley de Escuelas Protegidas (que ha sido parcialmente declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional) dice querer apagar el fuego en materia de violencia escolar, pero al hacerlo de un modo punitivo y sin enriquecer los lazos de convivencia escolar, en realidad agrega más combustible al incendio que pretende sofocar.
El rechazo provocado por la obligatoriedad de revisar las mochilas de sus estudiantes en los profesores y asistentes educativos, sumado al malestar de las familias y de los propios estudiantes, lleva a preguntarse sobre el marco de referencias que justifican las prácticas que se pretenden imponer.
No estamos hablando medidas excepcionales producto de hechos graves y muy graves, que efectivamente y por desgracia sí han ocurrido en los establecimientos escolares. So pretexto de conjurar la violencia en la escuela se trata ahora de instalar la sospecha permanente y la intrusión como una actitud aceptable para la prevención y el resguardo de las comunidades escolares.
Por desgracia no es el único intento. La ley 21.809 sobre “Convivencia, Buen Trato y Bienestar de las Comunidades Educativas”, en aplicación desde hace poco, aunque generada en el gobierno anterior, lamentablemente coincide con la ley “Escuelas Protegidas” en la idea de intervenir las escuelas con vigilancia y sospecha, cuestión que afecta y distorsiona la labor educacional de sus profesionales y debilita la figura del Director/a de establecimiento, para fortalecer en cambio la incidencia de los sostenedores escolares.
Una respuesta puntual a la violencia episódica no debe establecerse como un mecanismo permanente. Pronto dejará atrás su pretendida acción preventiva y perderá pertinencia, para transformarse en un incentivo perverso que vendrá a tensionar más la vida escolar, de manera que remedio resulte aún peor que la enfermedad.
Paralelamente, los modelos de vida violenta que se difunden por medios de comunicación y redes sociales, que son presentados de modo sensacionalista como realidades generalizadas de los lugares donde hace vida la mayoría de la población, son anti modelos infinitamente más poderosos e influyentes que la capacidad de conjurar o de prevenir acciones de este tipo, aún con prácticas persecutorias al interior de escuelas y liceos.
Esos potentes modeladores de conducta masiva que dañan a toda la sociedad y que en realidad ocultan las relaciones positivas y de sana convivencia que perduran en el mundo popular, quedan liberados de todo alcance en las nuevas leyes que buscan erradicar la violencia en las escuelas.
El “vigilantismo escolar”, aunque se presente como solución a la violencia, no es capaz de educar a las nuevas generaciones y lo que es peor, no les permite confiar ni mostrarse confiables ante la sociedad.
De imponerse tal como han sido concebidos estos cuerpos legales, serán un retroceso que niegue la labor fundamental de la escuela: educar para crecer en un ambiente de confianza compartida.
La buena convivencia escolar nace de la confianza. Para el mejoramiento de la convivencia interna y lograr una buena marcha de los establecimientos escolares, algunas acciones fundamentales son:
– Fortalecer con más profesionales las actuales duplas psicosociales de los equipos de convivencia escolar y dotarlos de recursos económicos y materiales para desarrollar planes de trabajo directo con los estudiantes,
– Fortalecer y capacitar a los equipos paradocentes de los establecimiento educacionales para aumentar el diálogo con los estudiantes.
– Impulsar iniciativas de expresión estudiantil en el plano artístico, deportivo y participativo dentro de sus establecimientos.
– Introducir cambios curriculares y metodológicos en la enseñanza que permitan a los profesores una mayor toma de decisiones.
– Hacer realidad los propósitos de la Jornada Escolar Completa, al equilibrar las clases regulares con talleres formativos de interés escolar que incidan en las notas de las diversas asignaturas.
– Organizar una amplia variedad de talleres de interés estudiantil e incorporar para ello a monitores capacitados para su conducción.
– Fortalecer la asistencialidad escolar administrada por JUNAEB.
– Aumentar el tiempo no lectivo del profesorado e incorporar monitores comunitarios al apoyo escolar.
– Estrechar vínculos para actividades conjuntas entre las organizaciones comunitarias del entorno escolar y cada establecimiento de un determinado territorio.
– Mejorar, reparar y hermosear los espacios comunes al interior de cada establecimiento.
– Avanzar en un plan permanente de mejoramiento de infraestructura y equipamiento escolar.
– Activar los centros de padres y apoderados por cursos y por establecimiento.
– Activar los centros de alumnos, capacitar dirigentes y dotarlos de mayor capacidad de decisión sobre temas de impacto directo en la vida escolar de los estudiantes.
– Facilitar el funcionamiento de todas las instancias de participación y gestión escolar de cada establecimiento.
– Fortalecer la toma de decisiones por parte de los equipos directivos de cada establecimiento.

